LA CONVENCIÓN DEL PARTIDO POPULAR: 'la justicia social no se defiende con bonitas palabras ni con aspavientos..., sino llevando bien las cuentas'
CARMEN REMÍREZ DE GANUZA / Sevilla
'España no es un caso perdido'
Advierte que 'costará esfuerzo', pero que 'los sacrificios no serán inútiles como los de ahora... ni los soportarán los más debiles'
Declara que 'la justicia social no se defiende con bonitas palabras ni con aspavientos..., sino llevando bien las cuentas'
Editorial en página 3
Nadie pareció acordarse ayer del pequeño detalle de que, sobre el papel, falta más de un año para las elecciones generales. Rajoy, desde luego, ni reparó en ello: «Lo único que esperan los españoles de este Gobierno es que anuncie la fecha de las elecciones. España tiene sed de urnas», proclamó no ya para los suyos, sino para las audiencias de las televisiones.
Y es que el Rajoy que ayer compareció en la tribuna de la convención era un presidente en su discurso de investidura. Firme, enérgico -justo en ese punto máximo en el que su temperamento le acerca al entusiasmo- el indiscutido líder trasladó la convicción de que España tiene remedio, y anunció no ya un «plan global de reformas» para salir de la crisis sino, más aún, «un gran proyecto nacional que modernice nuestra economía», para los «próximos 30 años». Un proyecto enfocado a la creación de empleo y basado en una ecuación política: reformas más «austeridad», igual a «confianza».
Claro que apenas se detuvo en mencionar de pasada sus tantas veces anunciadas reformas fiscal, energética, educativa, financiera y laboral. Tan sólo hizo capítulo aparte en la del Estado autonómico, pero tampoco fue explícito. Sólo prometió «profundas reformas en el funcionamiento de nuestras administraciones públicas», pero subrayó su necesario sometimiento al «acuerdo del resto de las fuerzas políticas».
Así que en lugar de «poner el cascabel al gato», como le emplazó Aznar, Rajoy se quedó con el estribillo pero tocó su propia partitura. No explicó la alternativa, pero «convocó» a todos los españoles a sumarse a ella, con el mismo lenguaje épico del expresidente del Gobierno, ofreciéndose a «encabezar» ese «proyecto de recuperación nacional».
Con la experiencia aún cercana del británico James Cameron, que vio perder posiciones en las encuestas en vísperas de su apretada victoria, el líder popular anunció «sacrificios» pero no dijo cuáles. Optó por quitar hierro y repartir juego en los mensajes: Con el electorado de derecha -aún algo reticente con Rajoy-, cumplió al trasladarle su apuesta por los «principios y valores», y su compromiso con el «rescate de la familia, para devolverle la importancia que le otorga la Constitución».
Al electorado de izquierda, especialmente a esa zona templada del PSOE a la que ya se afana en cultivar, Rajoy le dedicó su compromiso con las políticas sociales: «La justicia social no es algo que se defienda con bonitas palabras ni con aspavientos, ni sembrando parados. Se defiende haciendo números, llevando bien las cuentas. La solidaridad y la justicia social no es patrimonio de ninguna fuerza política; si acaso, lo es de aquellos que saben gestionar la economía», les dijo.
En cuanto al electorado de centro, su verdadero caudal, Rajoy le dedicó su discurso más pragmático, el de la experiencia en la gestión de Gobierno entre 1996 y 2004, que resumió con una frase que más bien fue un eslogan: «Entonces pudimos y ahora podremos. Lo bueno de las cosas buenas es que pueden repetirse. No somos un experimento. A nosotros se nos conoce», insistió, para espantar el viejo fantasma del miedo al PP.
Pero, consciente de que lo que todavía puede frenar el voto no es tanto el viejo miedo al PP de los primeros años de la Transición, como el miedo a los recortes del Estado del bienestar que el PP vaya a emprender ahora, Rajoy concentró sus mejores energías en este punto. Se atrevió a anunciar «sacrificios» pero limitó su alcance y prometió resultados: «Costará esfuerzo, ¿quién lo duda? Pero no serán sacrificios inútiles como los de ahora, que estamos pagando un precio altísimo a cambio de nada», proclamó, para insistir, por un lado, en el guiño a los trabajadores: «No serán esfuerzos inútiles y tampoco serán los más débiles quienes más los soporten»; y, por otro, a los empresarios: «Pueden tener la seguridad», les dijo, «de que no les vamos a estrujar como a un limón».
En su investidura virtual, en su lata de burbujeante bebida de cola, Rajoy llegó a condensar el 'no me resigno' de Esperanza Aguirre -«España no es un caso perdido y no quiere resignarse», dijo ayer- con la invitación al adversario: «Nuestra llamada no se limita a los miembros del PP, ni a sus simpatizantes ni a sus electores. Nos reclama una gran tarea de recuperación nacional que exige el esfuerzo de toda la nación, A nadie le preguntaremos de dónde viene, porque la abnegación, el patriotismo y la buena voluntad no son de ningún partido. Queremos una España sin discordias. Cuando se trata de España, no hay bandos», afirmó en lo que para los dirigentes del PP fue su mensaje más preclaro.
CARMEN REMÍREZ DE GANUZA / Madrid
Ya ve a Rubalcaba como el futuro adversario

Pero a esos pocos segundos les siguieron algunos más, hasta que el presidente del PP se lanzó a dar una nueva clave política. «Bueno», añadió, «aunque con la campaña de humillación que está sufriendo Zapatero y que va a seguir sufriendo...». Y ahí se colaron en la conversación los nombres de Guillermo Fernández Vara, José María Barreda y, de manera especial, Felipe González, para concluir: «... podría replanteárselo y volver a decidir presentarse».
Así que, a criterio de Rajoy, lo que definirá su suerte política y la de España será un mero resorte psicológico, el que corresponda a un presidente del Gobierno acosado por la situación económica, su deterioro de imagen y, sobre todo, la presión de su partido y de sus barones, que le culpan ya por adelantado de su propio desplome electoral en mayo.
Aunque para Rajoy, la presión más humillante para Zapatero es la que procede de González, quien le advirtió días atrás de que es el partido el que debe decidir si lo presenta de candidato. «Si me lo hace a mí se la devuelvo», llegó a decir Rajoy a los periodistas, según informa la cadena Ser.
Hasta hace poco, la dirección del PP y sus propios barones se habían mantenido fieles a la estrategia de ningunear en lo posible a Rubalcaba y no medirse más que con Zapatero. Para los populares, su continuidad sería un regalo. Pero la realidad política se ha ido imponiendo y Rajoy va a dejar de pasar de él -permitía que fueran Soraya Sáenz de Santamaría o los portavoces de Interior los que se encargaran- para empezar a criticarlo.
Entretanto se resuelve la incógnita de si Zapatero se someterá a la presión de los suyos o se rebelará frente a ella, la cúpula popular se inclina por vaticinar que, en el primer caso, su adiós a un tercer mandato se anunciará en la campaña de mayo. Sería, según se explica, el único momento en que la presión de los barones tendría su eficacia. Otra cosa es si, una vez hecho el anuncio, Zapatero «aguantará» hasta el final de la legislatura.
En el equipo de Rajoy se escucha que, en esa tesitura, Zapatero se verá abocado a adelantar las elecciones a otoño. «Cuando se le preguntaba a Calvo Sotelo por qué razón convocó aquellas elecciones que no sólo perdió la UCD sino que le hicieron perder a él el escaño», recordaba un senador la semana pasada en León, «contestaba: porque llega un momento en que ya no se puede más».
Además, en la misma línea, desde la dirección del partido se cree que el PSOE necesitará que el recambio sea rápido para evitar las primarias y preparar la designación de Rubalcaba, al que, por cierto, los populares consideran un mal candidato para ganar las elecciones, pero reconocen la ventaja de dar «seguridad» a los socialistas.
J. CARO ROMERO / Sevilla
Arenas ofrece un «cambio sin riesgo» en Andalucía
Hasta la jornada de clausura, Javier Arenas se había mantenido en un discretísimo segundo plano en una convención nacional en la que tenía un papel de casi mero anfitrión. En Andalucía, salvo improbable adelanto electoral, no habrá autonómicas hasta marzo de 2012, pero, al igual que Mariano Rajoy, Arenas sabe que buena parte de sus opciones se jugará en las municipales de mayo.
Por ese motivo, y al calor de unas encuestas tan favorables para el PP en Andalucía como a nivel nacional, presentó en el cierre de la convención su proyecto de «cambio sin riesgo» al grito de «austeridad al poder».
El dirigente del PP partió de la base de un cambio inminente en Andalucía, si bien quiso dejar claro que no llegará «de la noche a la mañana, sino que será el resultado de un proyecto y de miles de horas de trabajo». Y siempre bajo la premisa de que la llegada del PP al poder no será abrupta ni traumática en una Comunidad que sólo ha conocido gobiernos socialistas -«No es hora de mirar atrás, ni para lo bueno ni para lo malo; es hora de citarnos todos bajo el reloj del cambio», dijo-, Arenas dejó claro que Andalucía «no tiene miedo al cambio sino que el único miedo que existe es a que sigan gobernando los mismos».
Lamentó que, siendo una «autonomía de primera», no sea «una sociedad de primera», sobre todo si se tienen en cuenta el más de un millón de parados y 350.000 familias sin ingresos. Pero, muy en línea con el argumento de buena parte de los barones durante la convención, Arenas mantuvo que en Andalucía «no ha fracasado la autonomía» ni el desarrollo del Estado, sino «las mismas políticas durante 30 años».
«Lo que ha faltado en Andalucía es un proyecto ambicioso de reformas y lo que ha sobrado es un proyecto de poder. Aquí se ha mandado mucho y se ha gobernado poco», proclamó, antes de subrayar que, «ahora, más que nunca, es la hora de los gobernantes».
También de acuerdo con el tono dictado por Rajoy en el sentido de rebajar al mínimo imprescindible los ataques directos al PSOE, Arenas no mencionó en su discurso a dirigente socialista alguno -él mismo se encargó de destacarlo-, aun reconociendo que le «costaba» hacerlo.
A partir de ahí, avanzó los pilares de un proyecto de cambio que estará «obsesionado con el empleo, la economía, la reforma de la Administración, la regeneración democrática y la educación». La reforma económica se basará en una premisa: «La fiesta se ha acabado para todos; la austeridad, al poder».
La propuesta del PP es reducir a 10 las consejerías de la Junta, eliminar la mitad de los altos cargos y racionalizar el sector público autonómico bajo el principio de «reservar la dirección política al Gobierno y la gestión a los funcionarios».
Blanco ve la euforia del PP como una «orgía»
> El vicesecretario general del PSOE y ministro de Fomento, José Blanco, aseguró ayer que, en Sevilla, el PP se ha dedicado a «celebrar el resultado de las encuestas en medio de una orgía colectiva».
> La ministra de Sanidad, Leire Pajín, consideró que, en el encuentro de este fin de semana, el PP «ha abrazado el pasado» y «ha vuelto al radicalismo en sus palabras y formas».
> El vicepresidente y ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, dijo que no iba a hablar del cónclave 'popular', pero criticó los «discursos rencorosos» de Aznar.
ANÁLISIS
DAVID GISTAU
Sevilla
Pero suéltate, hombre
El ministro José Blanco, artificiero de guardia este fin de semana, se ha referido a la convención sevillana del PP como una «orgía colectiva». No nos pondremos puntillosos para señalarle que, por definición, las orgías, o son colectivas, o no son. Pero sí le haremos la observación de que podría estar incurriendo en una falta de publicidad engañosa. ¿Una orgía? Qué más quisiera uno. En Sevilla, nadie se quitó la ropa. A tanto no llegó el calambre de euforia endogámica. Y menos aún bajo la influencia de Mariano Rajoy, que sigue siendo incapaz de establecer conexiones emocionales aun cuando el auditorio sólo aguarda un pretexto para ponerse a crepitar como gambas en una sartén. Si esto era una orgía, Rajoy hizo de bromuro, contenido, pedagógico, reservón en el esbozo de un programa y de los principios que vertebrarán su presunta presidencia.
Se trataba de sacarlo a hombros para que no volviera a pisar el suelo hasta La Moncloa, como en el hito sarkozyano de una epifanía. Y quedó la sensación de que Rajoy aún lo fía todo a la lógica de que le toca gobernar por autocombustión del rival, y que él sólo debe tratar de no arruinar esa inercia por caracterizarse en exceso. En conversación privada, uno de los notables populares hizo una reflexión que resume la poquedad estratégica de Rajoy: dijo que los grandes liderazgos no sólo animan a los militantes y votantes propios, también a los de los adversarios, que resucitan por reacción. Lo único que el PP teme es encarnar una derecha demasiado dinámica que saque a los desencantados de la izquierda de su resignación. Es probable que la táctica sirva para ganar las elecciones.
Pero, en algún momento, convocado por la decadencia española y por la tarea que constituirá su peso de la púrpura, Rajoy tendrá que romper cautelas con algún discurso vibrante y catalizador. Qué menos que el de Escarlata O'Hara cuando juró no volver a pasar hambre. De hecho, los aplausos más vibrantes fueron los que rindieron homenaje a los muertos del PP, tan cercano el aniversario del asesinato en Sevilla del matrimonio Jiménez Becerril, en un día tan gris, frío y lluvioso como el de ayer. Y, de igual manera, los aplausos más sobreactuados fueron los que saludaron la mención a la candidata asturiana, de la que estamos seguros de que es Espinosa, pero aún no tenemos aprendido si López o Pérez: había necesidad de exorcizar a Francisco Álvarez-Cascos, de darlo por superado, para que ninguna interferencia arruinara la impresión monolítica de partido que tiene resueltos los pleitos intestinos y que se presenta bien atado a la inminencia del poder.
Mientras tantos, los mejores pasajes de su discurso, que dejó la idea-fuerza de la «sed de urnas», valieron como boceto presidencial. Porque Rajoy ya está en eso, en cultivar la aureola presidencial, e incluso va renunciando a fajarse con un José Luis Rodríguez Zapatero al que da por acabado. Pinceló una sociedad menos sectaria y tribal, menos desgarrada en lo ideológico, haciéndose el propósito de gobernar incluso para los que no le voten. Fue sincero cuando dijo que sólo puede prometer, no ya sangre, sudor y lágrimas, sino sacrificio, austeridad y deberes ciudadanos.
Recordó a Nicolas Sarkozy cuando dijo haberse propuesto rescatar el valor del mérito, del respeto en las aulas, de la recompensa al esfuerzo de los emprendedores: esa suma de energías individuales que acaba siendo la energía única de una sociedad. Y hasta le robó a Esperanza Aguirre, que ha sido definitivamente devorada por un liderazgo cuajado al que se rinde incluso el expresidente José María Aznar, el hallazgo del «no me resigno». Se puso cursi con Sevilla. Le faltaron emoción y minucia programática, trascendencia de lo emergente. Pero su gente, que acudió en masa, se fue de allí complacida por el optimismo general y convencida de que Mariano Rajoy, aun con trote cochinero, llegará a La Moncloa por su virtud más característica: es el Last Man Standing, el último hombre en pie después de la matanza, lo mismo en su partido que en el escenario nacional.
Enviado especial






Links to this post:
Crear un enlace
Home